Textos

 

Susana Lorenzo. Inspirado en "El vuelo"

 

   No son latidos. Nada agita la marea de este pulso muerto. Son sus pasos, recorriendo mis venas, secas de silencio. La oigo palpitar sobre mis dedos y noto el tacto oscuro de su sueño, que asciende por los brazos como seda caliente, respirándome dentro.
   Envidio cada línea que escribe para otros, cuando las noches, largas, le alargan los recuerdos. Cada camino abierto por la tinta y el miedo. Quiero perderme en ellos, atraer sus palabras preparando la huida de esta página eterna. Y bajar de este muro, suplicarle otra historia, revolver sus ideas... pero duerme tranquila, frente a mí, cada día, a tan poca distancia. Yo le grito al oído aunque sé que es inútil: jamás oirá mi voz en blanco y negro.
   Lo colgué en la pared, y la hizo suya. Nunca la vi ante mí, hasta que lo sostuvo, conteniendo el aliento para no distraerlo. Su cuerpo de papel le da vida a la tarde desde esa foto incierta. Atrapado en el marco, inclina la cabeza sobre ese libro abierto que vuela de sus manos. ¿Intenta retenerlo o escaparse con él? No puedo verle el rostro, lo oculta su cabello, rebelde, alborotado. Tiene la piel de tierra y la silueta dura, recortada en la sombra, que lo tiñe de luz. Tiene la piel de tierra, y de niebla el silencio.
   Si al menos yo supiese leer su pensamiento, como leo mi texto. Un texto interminable... Podría irme tras ella: a la escena lluviosa de un otoño cualquiera, o al frío de una calle salpicada de ruidos, de coches y de pies. Sería un transeúnte, con su lágrima oculta debajo del abrigo, o un perro abandonado, que oye a los del atasco aullándole a la luna. Gastaría el invierno como un viejo cansado, a la espera de un rayo en su playa de asfalto, o elevando castillos, con las manos de un niño, en la arena mojada de algún parque infantil. Y en esa hora amarilla, en la que las farolas maquillan la ciudad con su tono enfermizo, tendría la voz triste de un músico sin suerte, y el aire derrotado del que asfixia sus versos en informes urgentes que nunca suenan bien.
   Levanta la cabeza y mírame de frente, al menos una vez. Traiciona a quien te hizo. Muestra el leve destello que yo he soñado siempre al fondo de esos ojos. Un destello de vida, de rabia, de deseo... Déjame ver tu cara: te inventaré mil almas sobre ese libro abierto. Podrás venderlas todas. Pero... ¿a cambio de qué? ¿Belleza, que ya tienes? ¿Tu vejez imposible? ¿Un amor de papel? Mueve un dedo tan sólo, pronuncia una palabra, y mancharé tus alas con mundos de ficción. Aunque... nunca lo harás: tu dios venció a su ángel, privándolo de voz.
   La seguiría lejos: a una selva olvidada, cruel, inabarcable, a la ciudad antigua que se ahoga, callada, en su mar de cristal, eterno laberinto donde el eco respira. Me arrastraría el viento de algún pueblo fantasma, con su aliento de polvo, que huele a soledad. Un río desbordado, la angustia de un violín... o volvería al cuarto, a perderme en su cuento y, sentado a su lado, a inventarle destinos con mi voz de papel.
   Pero ni ella está despierta, ni yo puedo soñar.




 

Maxi Olariaga. Para la exposición de Diego Lago

 

   Si de veras quiere usted afrontar esta exposición, debería antes visitar a la Sibila y aún antes de eso bañarse en la laguna Estigia para asegurarse de que podrá resistir el vértigo y la soledad. Como a Odiseo, haga que lo encadenen al palo mayor de la errática nave de su vida, para que cuando los cantos llegados desde el fondo de las fotografías entren hirviendo por sus ojos y se depositen en su pobre alma desvalida, no sienta la necesidad de ahogarse en ese mar de dudas en blanco y negro que le atrae más que ninguna pasión de las que ha ido perdiendo por el camino.
   Le aseguro que, aún en medio de la multitud que siempre le acompaña, le atosiga y le exprime, sentirá la necesidad de gritar. No un grito cualquiera, no. Un alarido final que le redima y lo precipite de un manotazo divino en el océano oscuro donde nacen y mueren todos los sueños que le han sido inalcanzables. En el fondo de esas fotografías, ya purificado su espíritu, podrá encontrarse ¡por fin! a usted mismo y disfrutar de lo que pudo haber sido y no fue. Guarde esa sensación y no la comparta con nadie. Llévela con usted hasta su último día. Le servirá como salvoconducto cuando traspase las fronteras del cosmos para convertirse en polvo de estrellas.
   Entonces comprenderá el  proverbio de los años sesenta del siglo XX. A Diego Lago, sin haber vivido aquellos días, se le reveló en su arte y se le concedió la facultad de transmitirlo a quién lo contemple dispuesto a proferir el grito del silencio:  ¡Soy un ser humano: no doblar, ni estirar, ni mutilar!
  Maxi Olariaga  Abril 2009.

Fotografía





















Espalda


Critica en la revista de arte "O Ollo Público"

   Bajo una singular mirada...

   Cada fotografía es un retazo que muestra un punto de vista particular e íntimamente ligado al ojo que visiona ese pedacito de realidad, reflejando una impresión, una situación, un gajo de tiempo detenido cuya fuerza y expresividad dependen, además de la técnica, de la energía creativa y de la capacidad de sugestión que emanan de esa captación.
   Las obras de Diego Lago, son ejemplo de ello, al mismo tiempo que nos ofrecen un trabajo lleno de matices pictóricos, dado que el tratamiento de las imágenes está basado en componentes visuales fragmentarios que rezuman lirismo por todos los poros.
   Su arte supone un reto continuo hacia nuevas formas de trabajo y la obtención de resultados de gran plasticidad, centrando su atención y cuidando de forma extrema las texturas y la iluminación. Sin embargo, el aspecto más atractivo e interesante de sus obras es la delicadeza y el impacto que golpean visualmente a quien se detiene ante  ellas, dejándoselas impresas en su retina como flashes que se suceden uno tras otro para evocar en él una pluralidad de sensaciones, amalgamas entre realidad e ilusión, que envueltas en una sobrecogedora y aparente simplicidad son reflejo de su versátil e inagotable energía creadora.
   En esta serie de fotografías, Lago, explora, entre otras cosas, la descontextualización y abstracción del ser humano por medio anónimos torsos, ingenuas extremidades y sublimes retratos de gran carga psicológica que se convierten en llamativos bodegones humanos congelados delante del objetivo; unas conmovedoras instantáneas que reflejan un mundo frágil de grises texturados ensordecidos en ocasiones por latidos de tonalidades cálidas, amarillo cadmio, rojo pasión, pero también neutras, como sepia o siena tostada y que consiguen, a su vez, enfatizar ciertos detalles, fusionándose  con el blanco y negro en una pátina que acaricia suavemente los sujetos fotografiados para destacar su vitalidad, a la vez que realza los perfiles, provocando claroscuros, vibración, un dinamismo que contrarresta con el convencional estatismo de las tomas fotográficas.
   El espectador se enfrenta así al concepto estético de elementos envueltos en atmósferas veladas, con una gran carga emocional fundamentada en una inexorable armonía compositiva de la que Lago nos hace partícipes a la hora de elegir sus encuadres, aislando los elementos y resaltando las formas de esos cuerpos enigmáticos y sus pormenores con la peculiar posición de su objetivo, al que convierte en un ente con la capacidad  de sobrevolar las escenas.
   Hablar de Diego Lago es hablar del arte de la fotografía, no hablar sin más de fotografías, porque sus instantáneas están impregnadas del autor en su estado más puro, presentando ante nosotros una experiencia directa, unas secuencias que dejan patente un cuidado exquisito en su tratamiento, en definitiva, unas imágenes vivas que reclaman a gritos ser observadas con una singular y silenciosa mirada, una mirada personal y comprometida, con un enfoque propio, más allá de los tópicos.
   Diego Lago, unas imágenes para el deleite de los sentidos…
   Marta Méndez Rebolo

Pintura Figurativa

Sonido blanco
Acrílico y óleo sobre lienzo
180x150cm

 Retrato de mi padre